Tan emocional como inteligente
Junio 2013
Escrito por
Teresa y Daniel
“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”, dice Aristóteles en Ética a Nicómaco.
La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y el conocimiento para manejarlos. Es sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y de los demás. Daniel Goleman, psicólogo norteamericano, publicó en 1995 el libro La inteligencia emocional. Por qué es más importante que el cociente intelectual. Y provocó un cambio profundo: lleva vendidos cinco millones de ejemplares y fue traducido a treinta idiomas. Impactó en todas las teorías circulantes y se comenzaron a discutir pensamientos sin que nadie se pusiera colorado por que fluyan teñidos de razones no científicas.
Las habilidades prácticas que se desprenden de esta teoría son, al entender de Goleman, cinco, y pueden ser clasificadas en dos áreas: 1) inteligencia intrapersonal (interna, de autoconocimiento), a la que pertenecen la autoconciencia (capacidad de saber qué está pasando en nuestro cuerpo y qué estamos sintiendo), el control emocional (regular la manifestación de una emoción y/o modificar un estado anímico y su exteriorización) y la capacidad de motivarse y motivar a los demás; y 2) inteligencia interpersonal (externa, de relación), a la que pertenecen la empatía (entender qué están sintiendo otras personas, ver cuestiones y situaciones desde su perspectiva) y las habilidades sociales (que rodean la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal, y que pueden ser usadas para persuadir y dirigir, negociar y resolver disputas).
Esta edición de El Planeta Urbano está dedicada a aquellos que tratan de ver el mundo desde esta perspectiva. Y nadie mejor que nuestro columnista Brad Hunter para explicarlo: “Hay un poder que vive dentro de cada ser humano y se expresa a través del lenguaje inteligente de la emoción y que puede ayudar a cambiar las condiciones de este mundo. Vivimos en un universo que responde a la emoción y que, conectado a la conciencia, promete que en el mismo instante que creamos en el corazón nuestros buenos deseos, estos ya comienzan a manifestarse. Sólo debemos inteligentemente terminar de materializarlos”.
Ojalá podamos. Ojalá lo logremos. Intentarlo, seguro, vale la pena.
La pasión no puede durar...
Mayo 2013
Escrito por
Teresa y Daniel
LA PASIÓN NO PUEDE DURAR…
Las cosas por su nombre
Abril 2013
Escrito por
Teresa y Daniel
Las cosas por su nombre
“24 x 7 x 365”
Marzo 2013
Escrito por
Teresa y Daniel
En los últimos años se está estudiando a las ciudades desde otra perspectiva, no sólo teniendo en cuenta la fase económica, la de la localización industrial o la de la estructura social. Hoy se mira a la ciudad desde la cotidianidad, se la articula con la cultura y es imposible pensar una sin la otra. Y en este punto aparece Buenos Aires con sus casi tres millones de habitantes o sus casi 16, si se consideran sus alrededores, y que posee, además, la mayor concentración de teatros del mundo, imponiéndose a megaurbes como Nueva York y París.
Huir, sólo huir de la gente tóxica
Enero 2013
Escrito por
Teresa y Daniel
“¿Cómo respondemos al ataque verbal? Primero, pensando profundamente en preservar nuestra integridad moral. Tenemos que tomarnos nuestro tiempo. Respirar hondo, llenar los pulmones de aire y contar uno, dos, tres. Responder con monosílabos: ‘Ah... hummm... eh...’ controlando la ira. Vigilando nuestro tono de voz, manifestando una intención positiva. La agresión recibida te ayuda a hacer madurar tu carácter, a liberarte de las culpas profundas y a aprender a rechazar el rechazo. Hay que agradecer a los agresores, porque nos enseñan con quién no debemos juntarnos: si alguien te arremete, di ‘gracias’. Y agrega para tu interior: ‘Gracias, porque de ti no tengo nada que esperar, buscaré mi cosecha en otro’." Así, el licenciado Bernardo Stamateas, que se ha convertido en un referente obligado en esta materia, explica en esta edición de El Planeta Urbano qué hacer y cómo huir de un manipulador, un envidioso o un agresivo.
Existe una palabra que parece definir con acierto el espacio de acercamiento, o no, en la interacción de dos sujetos. Se trata de la empatía, cuyo significado es la “identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”, un término que manejan disciplinas diversas como el psicoanálisis, la sociología, la filosofía y la psicopedagogía, entre otras. “En la cuestión del flujo de energía positiva versus energía negativa (esta última, al parecer, condensada en personas que tienen mala empatía o mala onda con el otro) hay que pensar en general, sobre el problema de la intencionalidad como motor de la acción”, asegura desde su área la joven e inquietante filósofa Victoria Nacucchio.
“Tener buena onda” o “tener onda con alguien” figuran en el diccionario de la Real Academia Española como argentinismos. Vibra, al parecer, se usa más en la zona del Caribe: muchos colombianos y mexicanos la prefieren. Algunos especialistas hablan de percepción, dentro del plano de lo que se llama inteligencia emocional. Otros especulan acerca de la actitud, o conducta, que se expresa a través de ondas expansivas de energía. Sea esta positiva –cuyos fluidos resultan sumamente benéficos para la humanidad– o (¡vade retro!) negativa, cuyas emanaciones provocan sensaciones desagradables y perjudiciales cuando se trata de establecer un vínculo. Hay personas que aseguran recibir la “mala vibra” de otra en la piel, casi como una reacción química. Hasta dicen olfatear en el aire la mala onda, cualidad que suele atribuirse a algunos animales. Se cuenta –asegura en su columna Malele Penchansky– que los caballos y los toros, en especial algunos ejemplares de raza, tienen un olfato o sentido de alerta muy agudizado para este tipo de fenómeno.
¿De qué hablamos cuando hablamos de energía positiva? ¿Cómo hacer para vivir mejor y cómo no cargar con gente sencillamente espantosa? Mil explicaciones y caminos recorrió la humanidad para explicar en distintas épocas qué es la felicidad. Y aquí, una simple que soporta el paso de los siglos. El budismo considera al ego una ilusión de la mente, de tal modo que la autoestima, e incluso el alma, son también ilusiones; el amor y la compasión hacia todos los seres con sentimientos y la nula consideración del ego constituyen la base de la felicidad absoluta. En palabras de Buda, “no hay un camino hacia la felicidad, la felicidad es el camino”.
Éxito... fracaso... fracaso... éxito
Diciembre 2012
Escrito por
Teresa y Daniel
Por alguna razón o sinrazón muy esculpida en la condición humana, los fines de año son momentos de balances. Por qué en esta fecha y no en otra es una increíble incógnita. Lo bueno, lo malo, el debe y el haber son pensamientos recurrentes y típicos del mes de diciembre.
Muchos solos muy conectados
Noviembre 2012
Escrito por
Teresa Pacitti, Daniel Flores
¿Cómo crear un american psycho argentino y no morir en el intento? –se pregunta Eugenia Zicavo en su columna de Libros. La pregunta la responde con creces la primera novela de Marcos Pereyra, Te sigo, cuyo protagonista, al igual que el personaje de Bret Easton Ellis, es un hombre con partes iguales de dinero e impunidad. ¿Su pasatiempo? ‘Seguir’ a chicas en las redes sociales, estudiar sus pasos y luego perseguirlas literalmente con un pañuelo empapado en cloroformo y un cuchillo afilado bien a mano. No le cuesta mucho dar con ellas. Tienen siempre entre 13 y 20 años, son nativas digitales y acostumbran contar su vida en Twitter y en Facebook con una despreocupación absoluta. Cualquier seguidor atento puede saber en pocos días a qué colegio van, cuáles son los lugares que frecuentan e incluso a qué hora y en qué tren vuelven diariamente a sus casas. No necesita hacer guardia con una cámara para reconocerlas: fotos le sobran. Las subieron ellas mismas, casi siempre etiquetadas. E incluso están las chicas que, vía GPS, agregan el dato exacto del lugar donde se encuentran y pasan a ser ese punto (o ese blanco, según las intenciones de quien lo mire) clavado ahí, en el mapa. Te sigo es una novela imposible de soltar, que se lee al mismo ritmo frenético con el que avanza la historia y que visibiliza una nueva realidad que se vuelve nudo en la garganta: que las redes sociales no se llaman así porque conectan, sino porque atrapan”.
Esta es, sin duda, la mejor definición de los tiempos que vivimos. Asistimos al nacimiento del smartphone 4G, la cuarta generación de la telefonía móvil, un sistema de comunicación que tuvo su origen acá nomás en el tiempo, a mediados de los años 90, aunque nos parezca que estuvo siempre en nuestras vidas. Ellos, la tribu 4G, todos, están súper o hiperconectados, lo que no es ni bueno ni malo, sólo es. Y están atrapados.
Los superconectados pueden verse por doquier. Para ellos, todo pasa por el aparato que tienen en la mano. Y lo explican con claridad: “Acá tenés todo”. No hay reunión familiar que logre apartarlos del teclado, ellos siguen conectados moviendo sus dedos a una velocidad increíble mientras el resto de los comensales a su alrededor asisten perplejos a la escena. Y nunca se comunicarán con su entorno, lo que constituye una paradoja maravillosa si las hay.
“La generación digital –plantea Malele Penchansky en su nota de opinión– creció así, en un marco de narcisismo que la excluye de la obligación de otros siglos de conversar con el otro o los otros. Es interesante marcar la diferencia entre estar conectados, que en tecnología implica unir, enlazar entre sí aparatos o sistemas, que estar comunicados. Comunicar quiere decir hacer partícipe al otro de lo que uno es, conversar con alguien en palabra o por escrito”.
Nadie irá contra el progreso ni la tecnología. Estar conectados nos hace tener acceso al conocimiento desde cualquier lugar y a cualquier hora. Y esto es un maravilloso avance. Ahora sería importante no olvidar, por ejemplo, lo bueno que es tener una conversación cara a cara, tocarnos, imaginar, soñar. Eso hacemos los seres humanos. Para nosotros, los otros son bien, pero bien importantes.
Los 80, esos años que tatuaron libertad
Octubre 2012
Escrito por
Teresa Pacitti y Daniel Flores
La nostalgia –con su mezcla indiscreta y dulce de cosa prohibida, rock pesado y grito profundo– domina el pensamiento de los que tienen casi 50 años en este contundente año 2012. Y vale la pena entender por qué. Estos jóvenes, tan urbanos en aquella década, tienen hoy una ubicación de poder para intervenir en el mundo cotidiano. Deciden, ocupan puestos importantes, comparten música con sus hijos y sienten que de a ratos son, por fin, libres.
Para esta edición de El Planeta Urbano les pedimos a cada uno de nuestros periodistas –usted, lector, verá de paso que en este número tenemos más páginas, más notas, más publicidad– que aceptaran el desafío y explicaran a su manera por qué los 80 son una década de culto y por qué marcaron tan profundamente a toda una generación.
El marco sociopolítico y cultural internacional tuvo, sin duda, una gran influencia en las expresiones artísticas ochentistas, dirá Malele Penchansky, ubicándonos en lo macro. La aparición de Mijail Gorbachov y la Perestroika en la Unión Soviética trajeron aires democráticos a los países de la cortina de hierro (el muro de Berlín cayó en 1989); la movida madrileña fue la consecuencia lógica de la caída de Francisco Franco tras 45 años de caudillismo fascista, y en nuestro país, los vientos de la democracia comenzaron a respirarse fuertemente después de la dictadura militar, con la llegada al poder en 1983 de Raúl Alfonsín.
Alejandro Seselovsky logra que Fito Páez explique una razón no tan puesta en palabras en nuestra nota de tapa: “Me tatuaron la libertad”. Lo proscrito. Lo impedido. Y una libertad gorda y desaforada como contragolpe, la anatomía de una respuesta. “La libertad”, dice Fito Páez, tratando de que la década le quepa en dos palabras. Una… Y la literatura hace lo suyo en esta década. “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor.” La frase resume el espíritu que recorre las casi 500 páginas de El amor en los tiempos del cólera, la novela que el hoy Nobel Gabriel García Márquez publicó en 1985 y que fue “lectura obligada” de toda una generación, narra en su columna Eugenia Zicavo. Se trata de la historia de un hombre que, con paciencia, espera a la mujer de su vida durante cincuenta años, después de haber tenido con ella un breve coqueteo en su juventud, al que su familia se opuso casándola con otro. Ella lo echa, lo desprecia, lo ignora (o al menos lo intenta) para terminar cediendo a una de las más bellas historias de amor jamás contadas, de las que pueden sostener la idea que recorre toda la novela: que los síntomas del cólera, con sus nudos y dolores de panza, se parecen demasiado a los síntomas de amor. Y que cuando uno u otro llegan, son epidemia.
“En la mitad de los 80, Buenos Aires es una ciudad desaforada, el hambre con que nos deja la dictadura produce pura efervescencia y un movimiento continuo que abarca al teatro y a sus performers, a las artes visuales, a la música y a los espacios donde sucede todo eso”, escribe Cristina Civale. Como paradoja de la época, la contracultura cimenta las bases del fabuloso negocio del rock: en las antípodas estéticas, Soda Stereo y Los Redonditos de Ricota plantean un River-Boca con la rivalidad de todo superclásico, unos exportando el rock argentino al mercado latinoamericano y otros explicando, por única vez, las crípticas letras de sus temas en la revista Canta Rock. Mientras tanto, nacen niños: esos que hoy se conocen como “nativos digitales” y que crecen conectados a los celulares como una extensión de sus cuerpos, confinados a la soledad de una red social y acaso ignorantes de que fueron concebidos durante una primavera en la que sus padres repetían: “A la vida hay que hacerle el amor”, explica maravillosamente Nicolás Artusi.
Alguien que logra sintetizar lo que queremos explicar es Diego Capusotto. Lo resume todo: “En los 80 para mí la vida era Sumo. Pero también fue mi época cruel: fue la colimba, un recuerdo de terror, fue la Guerra de las Malvinas. Fue la fiesta de la democracia, la primera vez que parecíamos ‘todos unidos’. Pero todo escuchando a Sumo. Iba a los recitales y se me volaba la cabeza. Es más, todavía siento su influencia”.


